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Reflexión de la Semana

Domingo de Pentecostés - Misa de Día



11 de mayo de 2008

Reseña

La solemnidad de Pentecostés es la coronación de las siete semanas de la Pascua. Esta solemnidad, como muchas otras fiestas litúrgicas, tiene su origen en una fiesta judía: la fiesta de las cosechas. El pueblo se reunía para dar gracias a Dios por las cosechas de la tierra y sobre esa fiesta se “implanta” la solemnidad de Pentecostés, es decir, cincuenta días después de la resurrección, coronando así la “semana de semanas”. El día de hoy, la Iglesia celebra el cumplimiento de la promesa del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia animada por el Espíritu. A partir de hoy, la Iglesia fundada por Jesús deja de tener miedo y comienza la tarea de predicar su mensaje a todos los pueblos.

Reflexión

La fiesta de Pentecostés en sus orígenes era una fiesta de acción de gracias por las cosechas. Quienes crecimos en aldeas pequeñas, recordaremos las misas para dar gracias a Dios por el buen tiempo. Misas en las que los campesinos llegaban al templo con una caña en mano, con doble mazorca y con las guías de habichuelas verdes enredadas en los tallos del maíz. El motivo era un gozoso agradecimiento a Dios por su generosidad.

Imaginemos que en el templo de nuestro pueblo no cabe más gente, como solía suceder. De repente, un grupo de personas hablan con un valor increíble. Además de que ya no tienen miedo a que los maten, apedreen o insulten a causa de lo que proclaman, es un grupo que ha recibido algo especial, algo que va más allá de su humanidad y les brinda la sabiduría que viene de Dios.

Esta venida del Espíritu Santo es el cumplimiento de la promesa que Jesús hizo antes de ir al cielo. Jesús siempre cumple su palabra y el Espíritu viene a animar nuestra vida para que seamos fieles a esa palabra.

El Espíritu es una manifestación del Dios de misericordia. El Espíritu, proclama la Iglesia, es Dios mismo que inspira a la Iglesia a seguir los caminos de justicia y paz. Es este mismo Espíritu el que sigue derramando sus dones sobre todos, también sobre quienes no tienen maestrías o licenciaturas.

Lo maravilloso de este Espíritu es que todos lo tenemos, pero nadie posee su plenitud. A todos se nos da y nadie puede decir que lo controla. Este Espíritu tiene muchísimos dones, pero ninguno de ellos es más importante que la caridad o el amor. Es precisamente la vivencia de ese don la que distinguirá a los verdaderos discípulos de Cristo. No será la cantidad de veces que digamos “Señor, Señor”, sino la cantidad de veces que hagamos lo que el Señor nos pidió que hiciéramos.
La fiesta de Pentecostés, además de marcar el nacimiento o manifestación pública de la Iglesia, también debe marcar una celebración gozosa en nuestra vida personal que nos lleve a reconocer la gran cantidad de dones que el Señor nos ha dado. ¡Ven, Espíritu Santo!


Preguntas para Reflexionar

  • ¿Cómo descubres al Espíritu Santo en tu vida?
  • ¿De qué manera puede ayudarte el Espíritu Santo a ser mejor persona?
  • ¿Cómo puedes ver que el Espíritu habita en nosotros?

Oración

Espíritu Santo, Ilumina nuestra vida con el don de la fe para que sigamos tus inspiraciones y nos regocijemos en tus divinos consuelos ahora y siempre. Amén.


Lecturas

Primera lectura
Hechos de los Apóstoles 2, 1–11
Salmo responsorial
Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc–30. 31 y 34
Envía tu espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.
Segunda lectura
1 Corintios 12, 3–7. 12–13
Evangelio
Juan 20, 19–23

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