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IV Domingo de Cuaresma

14 de marzo de 2010

En tiempos de Jesús el asunto de comer era algo muy serio. Lo era porque la mayoría de la gente era pobre y comía sólo si podía trabajar en algo el día anterior. Por otra parte, la gente del tiempo de Jesús no compartía la mesa con cualquier tipo de personas, sino con aquellas que podía compartir ideales y estilos de vida, es decir, con gente que era como ellos y que además de eso, estaba de acuerdo con su manera de vivir. Compartir la mesa era una manifestación pública de apoyo y reconocimiento de la otra persona.

A lo largo del Evangelio los maestros de la ley han criticado a Jesús por comer con pecadores. Los pecadores eran los consabidos cobradores de impuestos, judíos que trabajaban para los romanos, y las prostitutas. Desde la perspectiva anterior, Jesús no sólo era como ellos, sino aprobaba la conducta de ellos.

Al inicio del Evangelio de Lucas, Jesús comienza diciendo que venía a traer la libertad a los presos, y a los pobres, la Buena Nueva. Parece contradictorio que este hombre que predica a favor del pobre sea amigo de un cobrador de impuestos. ¿Por qué? Un cobrador de impuestos tenía su oficina aduanal a la entrada de la ciudad y su trabajo era cobrar impuestos para Roma, a la vez que sacaba provecho de ello. Además, los impuestos encarecían el valor de los productos alimenticios y esto hacía mucho más difícil que los pobres tuvieran un bocado para sí mismos. ¿Por qué Jesús era amigo de ellos y compartía la mesa? Esa actitud siempre se la recriminaron a Jesús. Es como si ahora viéramos a Jesús con los policías abusadores, con la migra, con los narcos o la gente que se enriquece a costa de los demás. ¿Qué pensaríamos de él?

Por su parte, Jesús no tiene problemas en establecer amistad con los aduaneros y demás pecadores. La metodología de Dios es diferente a la nuestra. Jesús entabla amistad con ellos para convertirlos al Reino de Dios. Mateo y Zaqueo son un caso claro de esto, por la amistad y el encuentro con Jesús es que se convierten, reparan la deuda y se hacen discípulos de Jesús. Nuevamente, Jesús va por quienes realmente se saben y reconocen necesitados de la gracia de Dios, indistintamente de la posición social o económica que tengan. Jesús quiere ser amigo de todos, pero a la fuerza, no quiere ser amigo de nadie.

De ahí que les cuente la magnífica parábola que Lucas pone en boca de Jesús. Al irse de casa, el hijo avergonzaba públicamente a su padre, señalando, con su partida, que no tenía un buen padre y que por lo tanto debía irse de la casa. El regreso del hijo es el acontecimiento de la conversión. Sobra decir que el padre fue bueno antes de la partida y fue impecablemente más bueno al recibirlo con una fiesta.

Preguntas para reflexionar

  • ¿Con qué tipo de personas compartes la mesa?
  • ¿Qué ventaja tiene compartir los alimentos en tu familia?
  • ¿Tienes alguna amistad que ponga en riesgo tu “reputación”?

Oración

Padre todopoderoso que compartiste a tu Hijo con nosotros, enséñanos a compartir nuestra vida y nuestro pan, para que así podamos tener parte en el Reino que nos tienes preparado. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

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Tags:
Cuaresma, Palabra Vida y Fe

Lecturas

Primera Lectura
Josué 5, 9. 10–12
Salmo Responsorial
Salmo 33, 2–3. 4–5. 6–7
Gusten y vean qué bueno es el Señor.
Segunda Lectura
2 Corintios 5, 17–21
Evangelio
Lucas 15, 1–3. 11–32

 

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