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XXIII Domingo Ordinario

5 de septiembre de 2010

La sabiduría que viene de Dios no es igual a la sabiduría que viene de los libros que a menudo leemos a lo largo de nuestra vida. Son dos sabidurías diferentes. La sabiduría de la que nos habla la Escritura es la sabiduría del corazón, es decir, la sabiduría que se nos revela por parte de Dios como un don especial.

La sabiduría también es uno de los dones del Espíritu Santo, y no consiste en un don que nos revela la ciencia, sino en un don que nos ayuda a descubrir lo que Dios quiere de nosotros. Esa es la sabiduría. La persona sabia, según los criterios de la Biblia, es precisamente aquella que no sólo sabe reconocer la voz de Dios sino que también responde a ella. Una persona sabia sabe tomar la decisión correcta, sabe distinguir entre lo bueno y lo malo, sabe lo que es justo y lo que no lo es, distingue una cosa de la otra y actúa conforme a la sabiduría que le ha sido dada. La persona sabia decide según la voluntad de Dios, según el Espíritu Santo y no según los criterios propios.

El don de la sabiduría no implica la falta de reflexión. Podríamos decir que una va con la otra. El don de la sabiduría es un don que podemos cultivar y pedir a Dios, y se adquiere en la oración, en la reflexión, en la comparación de nuestra vida con la Palabra de Dios, en la continua pregunta que dirigimos a Dios: ¿Qué quieres que haga? ¿Cuál es tu plan para mí?

Tanto la primera lectura como el Evangelio nos desafían a buscar la sabiduría que viene de Dios, a que pensemos según quiere Dios, a que reflexionemos nuestros proyectos de vida, según quiere Dios. Los ejemplos son muy claros: una casa y una batalla. ¿Qué tipo de “casas” pensamos construir? ¿Qué tipo de batallas luchamos en la vida diaria? El éxito de muchos de nuestros proyectos —o batallas— depende en gran medida de la reflexión que los preceda, de que veamos cada una de las posibilidades que están a nuestro favor y de las que pueden no estarlo. Por encima de nuestros propios razonamientos, debemos cuestionarnos si esto está según el plan de Dios, si se realiza conforme a los criterios de Cristo. Al hacerlo, no sólo crecemos en el don de la sabiduría, sino que también abrazamos el seguimiento de Cristo por un estilo de vida que surge a partir de esta perspectiva de fe que viene del Espíritu Santo.

Preguntas para reflexionar

  • En nuestro medio, ¿a quién se considera sabio?
  • Si Dios nos da el don de la sabiduría, ¿por qué razón no decidimos correctamente?
  • ¿Cómo podemos fortalecer en nosotros el don de la sabiduría?

Oración

Señor, Tú que en tu sabiduría nos creaste a tu imagen y semejanza, concédenos vivir según tus criterios para que toda nuestra vida refleje que vemos las cosas desde tu perspectiva y no de la nuestra. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo que con el Espíritu vive y reina contigo para siempre. Amén.

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SH-102 Palabra, Vida y Fe Julio-Diciembre 2010
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Palabra Vida y Fe

Lecturas

Primera Lectura
Sabiduría 9, 13–19
Salmo Responsorial
Salmo 89, 3–4. 5–6. 12–13. 14 y 17
Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Segunda Lectura
Filemón 9–10. 12–17
Evangelio
Lucas 14, 25–33

 

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