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V Domingo de Cuaresma

21 de marzo de 2010

Si a estas alturas de la vida no sabemos que nuestro Dios es un Dios amoroso, estamos mal, muy mal. Pero tenemos lucha todavía. Por eso el profeta Isaías nos dice que nuestro Dios hará todo nuevo, nuestro corazón, nuestra vida, nuestra mentalidad, nuestro modo de proceder, nuestro mismo amor se renovará en Dios. Dios ya lo ha hecho en muchas personas, en nosotros quizá, y lo quiere hacer en quienes todavía no le hemos permitido que renueve nuestro interior. ¡Sí! Que lo renueve de todo lo viejo, de todo aquello que no es de Dios y que nos impide proclamar alabanzas al Señor. Dios viene a hacer todo nuevo, ¿qué nos gustaría que renovara en nosotros?

Durante estos días de Cuaresma hemos caminado no sólo a la luz del Evangelio, sino también a la luz de la espiritualidad del tiempo litúrgico; hemos intentado convertirnos, hacer penitencia, obras de caridad, oración, buenas lecturas, privarnos de televisión, internet, celular y muchas cosas más. También hemos acompañado a los catecúmenos (personas adultas que se preparan para recibir el Bautismo) por medio de la oración y el ayuno. Nuestra tradición popular también nos ha llevado hacia Dios, sea por los Vía crucis que hemos rezado en casa o en la parroquia, por los alimentos compartidos, por las visitas al Santísimo Sacramento, por los ayunos libremente adoptados. Sin embargo, seguimos experimentando la necesidad de convertirnos totalmente a Jesús.

Algunos paisanos de Jesús le llevaron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. Imagino que cuando alguien comete adulterio nunca peca solo, siempre tiene una compañera. Algunos chistosos dicen que cuando Jesús se agachó escribió en el suelo: “¿Dónde está el hombre con el que estaba?” Aquellas gentes creían dar gloria a Dios, porque cumplían la ley. Sin embargo, esa ley era moralmente injusta, no favorecía el bien de la mujer, sino el del hombre y por lo tanto, el mal no terminaba. No es que a Jesús no le importe la ley, le importaba mucho, pero más le importaban las personas. Ninguna ley estaba por encima de la caridad y el perdón. Es más, para eso había venido, para perdonar, y no sólo unos cuántos pecados, sino todos; sí, todos, también esos que usted piensa que ni Dios se los puede perdonar. Descanse, porque la muerte de Cristo perdonó todos los pecados.

En nuestro medio hay leyes que son injustas y con ellas en la mano actuamos pecaminosamente, como lo hicieron aquellos paisanos de nuestro Señor. Es muy legal que usted llame a la policía y se queje de alguien cuyo delito es no tener un papel. Usted está actuando conforme a la ley, pero está pecando. Es legal que usted aborte, pero usted está matando un ser humano. Es legal condenar a alguien a la pena de muerte, pero va contra los principios de Jesús. Es legal pagar el salario mínimo a un trabajador, pero ¿es justo? Jesús tampoco nos condena, podemos irnos y no volver a pecar.

Preguntas para reflexionar

  • ¿Qué me aleja de Dios?
  • ¿Qué necesito cambiar para parecerme más a Cristo?
  • ¿Qué hago para aumentar la justicia y la compasión?

Oración

Señor, tú siempre fuiste valiente y no te amedrentaste ante las amenazas contra tu vida, antes bien, dijiste la verdad y proclamaste el perdón para todos nosotros. Ayúdanos a ceñir nuestra vida a la caridad y al amor que nos tuviste. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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Tags:
Cuaresma, Palabra Vida y Fe

Lecturas

Primera Lectura
Isaías 43, 16–21
Salmo Responsorial
Salmo 125, 1–2ab. 2cd–3. 4–5. 6
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Segunda Lectura
Filipenses 3, 7–14
Evangelio
Juan 8, 1–11

 

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