La imagen que Dios presenta de sí mismo ante Moisés es la de un Dios muy cercano no sólo a Moisés sino al pueblo que sufre. Ciertamente Moisés ya sabía de ese sufrimiento, pues a causa de ello fue que golpeó a un soldado egipcio y tuvo que huir al desierto. Ahí, en la experiencia de soledad, ya sin títulos y sin todo el poder que tenía cuando creía que era egipcio, Dios se le manifiesta. Como nadie puede resistir la presencia de Dios, el mismo Moisés tiene que tirarse rostro en tierra, como lo harán quienes van a apresar a Jesús al huerto de los olivos. Al acercarse a Dios, Moisés debe quitarse sus sandalias porque la tierra que pisa es tierra sagrada.
Siempre que nos acercamos a Dios hay que quitarnos los zapatos, porque para Él no importan los títulos que tengamos ni a cuál universidad hayamos ido o a qué familia pertenecemos. Ante él, hay que abajarnos porque todo eso, aunque muy bueno, no nos sirve para nada. Al parecer, Dios quiere que Moisés sepa que él no es nada, y que lo que obrará a partir de ese encuentro, será simplemente porque Dios actuará en él. Dios quiere que Moisés acepte la misión encomendada.
Moisés, por su parte, pone pretextos, como los que uno suele poner: ¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre? ¿Qué voy a responder? Es decir, Moisés tiene miedo; no quiere asumir la misión que Dios le encomienda, y Dios, que no renuncia a lo que quiere, le soluciona todas las preocupaciones de tal manera que Moisés tiene que ir a cumplir la misión.
El nombre de Dios “Yo soy”, significa que Dios es eterno y que siempre es y está. A Dios no podemos invocarlo como si no estuviera presente, sino que lo invocamos para reconocer que está presente en toda circunstancia. Ese nombre, Dios lo avala con los apellidos que le da a Moisés: “he visto”, “he descendido”, “conozco bien sus sufrimientos”. Dios nos ve, desciende a nuestra realidad, conoce nuestros sufrimientos y viene a liberarnos. Él mismo nos quitará el miedo y nos dará una misión para que la realicemos con alegría, la pregunta es si nosotros estamos dispuestos a asumir esa misión que nos presenta, o si por el contrario, como Moisés, pondremos pretextos.
Padre santo, Tú que nos llamas a liberar a nuestros hermanos, libéranos del miedo que nos ata el corazón y nos impide responder a tu voz. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
| Título | Precio | ||
|---|---|---|---|
| Misal | |||
| SH-102 |
Palabra, Vida y Fe Julio-Diciembre 2010 Limited to In-Stock Quantities Only |
$8.00 | Comprar |
Primera Lectura
Éxodo 3, 1–8. 13–15
Salmo Responsorial
Salmo 102, 1–2. 3–4. 6–7. 8 y 11
El Señor es compasivo y misericordioso.
Segunda Lectura
1 Corintios 10, 1–6. 10–12
Evangelio
Lucas 13, 1–9
Contáctenos Ayuda Copyright © 2010 OCP. Todos los derechos reservados. Privacidad Mapa de Sitio
1-800-LITURGY (548-8749)
