Uno de los tiempos litúrgicos que los hispanos vivimos con más intensidad es la Cuaresma. El dramatismo de la pasión, muerte y resurrección del Señor capta nuestra atención y, sin duda, nos adentra en el misterio del amor de Dios. Este mismo misterio de amor, nos lleva a reconocer nuestra historia, que somos indocumentados, que somos emigrantes, y que nuestros padres o nosotros mismos, nos establecimos en Estados Unidos, que al principio éramos pocos, pero poco a poco, hemos ido creciendo. Nos damos cuenta de esta realidad, y en la persona de Jesús encontramos un Dios solidario con el que no nos sentimos tristes, solos y lejos de la patria.
A Jesús, aunque era de Jerusalén, también le gustaba estar solo. Se apartaba de la gente que a diario andaba con Él para tener sus momentos de oración. De hecho, antes de llamar a los Doce pasa la noche en oración, y ahora, antes de que llegue el momento de morir en la cruz, pasa cuarenta días en el desierto. Desde mi niñez recuerdo el impacto que me causó cuando mi mamá me dijo: “Nuestro Señor duró cuarenta días sin comer, ni tomar agua”, me asusté y pensé dentro de mí: “pobrecito Jesús”. Pero cuarenta no hay que entenderlo literalmente, sino en su sentido explicatorio: cuarenta nos refiere al tiempo necesario que Jesús debió haber pasado en el desierto para templar el espíritu y cumplir la misión encomendada.
Las tentaciones que enfrenta son comunes a toda persona. El diablo lo tienta respondiendo a una necesidad inmediata: tiene hambre y le ofrece pan. Total, hubiera agarrado un pedacito, ¿no cree? Pero la cosa no es tan fácil. Jesús nos enseña que la tentación del placer es vacía, que sólo sacia momentáneamente las hambres y vacíos que tenemos. Lo único que realmente sacia el hambre del espíritu es el Cuerpo y la Sangre del Señor, así de fácil. Cuesta trabajo entenderlo y vivirlo, pero esa es la espiritualidad de la Iglesia y la manera de resistir esta tentación. No sólo de pan vivimos o de dinero, carros, casas o cabezas de ganado. Necesitamos el alimento que viene de Dios.
La segunda tentación me parece buenísima. El diablo se nos presenta como el manda más y dice que todo le ha sido dado, hasta parece terrateniente o cacique. Al presumirle todo a Jesús, le dice que tranquilamente puede adorar todas esas pertenencias y olvidarse de Dios. Pero Jesús sabe que sólo hay que inclinarse ante Dios, no ante el poder, no ante las tierras, no ante las cuentas abultadas (aunque sean muchas). La abundancia de bienes siempre será tentación, pero nuevamente, nunca llenará nuestro deseo de Dios. Si queremos tener, hay que compartir, y compartir con quien no puede regresar el favor. Finalmente, el diablo tienta a Jesús para que manipule a Dios, y lo utilice para su capricho y beneficio personal. Jesús se rehúsa a utilizar el nombre de Dios para su beneficio propio, como se han negado muchas personas. Nada de tomar el lugar de Dios, de adorar pertenencias o de saciarnos de cosas vacías. Uno sólo es el alimento, uno sólo es Dios y no podemos manipularlo. ¡Vaya enseñanza!
Señor Jesús, nos postramos ante ti para acompañarte en tu hora suprema. Danos tu fortaleza para que no caigamos en la tentación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
| Título | Precio | ||
|---|---|---|---|
| Misal | |||
| SH-101 | Palabra, Vida y Fe Enero-Junio 2010 |
Precio Especial $5.00 |
Comprar |
Primera Lectura
Deuteronomio 26, 4–10
Salmo Responsorial
Salmo 90, 1–2. 10–11. 12–13. 14–15
Acompáñame, Señor, en la tribulación.
Segunda Lectura
Romanos 10, 8–13
Evangelio
Lucas 4, 1–13
Contáctenos Ayuda Copyright © 2010 OCP. Todos los derechos reservados. Privacidad Mapa de Sitio
1-800-LITURGY (548-8749)
