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Mi Experiencia en Australia

Santiago Fernandez

Por Santiago Fernández

Hace unos días regresé de Australia, con el corazón alegre y el ama renovada, con un deseo mayor de seguir adelante en mi ministerio musical. La Jornada Mundial de la Juventud en Sydney fue una experiencia inolvidable y maravillosa… fue realmente increíble estar en medio de ese mar de banderas y estandartes, de nacionalidades y culturas… de tantos jóvenes peregrinos, tan diferentes y al mismo tiempo tan iguales, compartiendo esa hambre de Cristo, esa lealtad y admiración al Santo Padre, Benedicto XVI y ese amor por la Iglesia. Por momentos, mientras caminaba entre tantas personas, veía, en aquella peregrinación, lo que el Apóstol Juan describió en el libro del Apocalipsis: gente de toda raza, lengua, pueblo y nación.

Desde mi llegada a Sydney, unos días antes de la llegada del Papa, me di cuenta que la ciudad entera se había vestido de gala para recibir a los miles de peregrinos que empezaban ya a llegar y se respiraba un ambiente de solidaridad, amor y amistad en medio de ese gran entusiasmo… un soplo de gozo y esperanza que solamente podía ser la presencia del mismo Espíritu Santo que ya encendía los corazones de quienes arribaban luego de un largo y cansado viaje.

Desde un principio me quedó claro que iba a servir y a poner mi granito de arena para que la experiencia de los jóvenes con quienes me relacionaría durante esta Jornada fuera más plena y profunda. Desde esos primeros momentos me di cuenta que encontrar tiempo para orar y alimentarme de Dios, antes de iniciar mi ministerio en la parroquia que me habían asignado, sería un desafío por el nivel de actividad, ruido y distracción propias de los jóvenes, que seguían llegando y apareciéndose por todos lados. Aquello era un río de gente, pero también, un río de esperanzas.

Aunque participé en varios conciertos y formé parte del grupo musical que asistió en la Misa para los peregrinos estadounidenses, mi mayor alegría de esta Jornada fue el haber servido como músico y animador en las sesiones catequéticas con los jóvenes. Me tocó una parroquia bastante lejos del centro de la ciudad, a una hora y media viajando en tren y en autobús… una parroquia mediana en un pueblo tranquilo, llena de gente sencilla y amable que se desbordó en hospitalidad y atenciones desde el momento que los conocí. La parroquia había sido designada como centro de catequesis para los de habla inglesa, y me pareció muy interesante no haber tenido ningún joven de los Estados Unidos… en mi grupo había jóvenes de Malasia, Canadá, Australia y Zimbawe y fue increíble convivir con todos ellos. La catequesis duró 3 días. El segundo día, escribí una reflexión que gustosamente comparto con ustedes:

Sydney, Australia, 17 de julio de 2008.

“ Aquí estoy en el tren que me llevará al poblado en donde ayudaré con la música para la catequesis que impartirá uno de los muchos obispos que han venido a compartir su sabiduría y a convivir de cerca con los jóvenes, no sin antes transbordar para llegar en autobús a la modesta parroquia en donde nos reuniremos esta mañana. Son las 7:30 a.m., y este trayecto de una hora y media me da la oportunidad de pensar en la labor tan hermosa que me ha tocado desempeñar… en el enorme gozo de poder compartir música, ministerio y alegría con jóvenes de tantas partes del mundo… jóvenes que han llegado con una misma hambre de Dios y con el mismo deseo de compartir su historia, su cultura, sus dones y su alegría. He venido a servir por medio de la música y la animación… a orar con ellos, a cantar y bailar con ellos, a reír con ellos, a llorar con ellos, a celebrar con ellos… a contribuir mi granito de arena para que su experiencia sea plena y profunda. Hoy me siento honrado y privilegiado de poder estar aquí… fortalecido en mi ministerio y renovado en mi compromiso eclesial… esta no siempre fácil pero siempre bella misión de orar cantando”.

Por supuesto que haber visto al Santo Padre, haber asistido a la vigilia y a la Misa de clausura fueron experiencias inolvidables… sin embargo, lo que me dejó verdaderamente lleno de Dios y lo que me alimentó el espíritu fue esa convivencia con los jóvenes y con los obispos en el ámbito parroquial. Fue hermoso ver a los tres obispos con los que tuve el honor de colaborar, hablando con los jóvenes como verdaderos padres y pastores… respondiendo a sus preguntas e inquietudes con amor y paciencia. La sonrisa de esos jóvenes, el sonido de su voz al cantar, su alegría al bailar, aplaudir y brincar han dejado una huella en mi vida y en mi corazón. Nunca los voy a olvidar y siempre estaré agradecido por esa oportunidad de convivir con ellos y por lo mucho que aprendí de ellos durante esos 3 días de música, de encuentro y de gracia.

Santiago Fernández
Detroit, Michigan - 30 de julio de 2008






Con Father John


Con el Arzobispo Conti


Con el Cardenal George
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