La gran celebración de la victoria sobre la muerte y el pecado
Pedro Rubalcava
Con estas palabras de la antífona de entrada de la misa de la Cena del Señor iniciamos la celebración del triduo pascual: “Que nuestro único orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por él hemos sido salvados y redimidos.” (Que Nuestro Unico Orgullo, De la Cruz a la Gloria, Lourdes Montgomery).
Recuerdo que desde chico me gustaban las liturgias de estos tres días porque eran diferentes y únicas. Y desde mi sitio como monaguillo se me permitía ver desde una perspectiva privilegiada.
En Jueves santo sonaban las campanas durante el Gloria, se utilizaba el incienso más que en cualquier otro tiempo del año, se lavaban y secaban pies, llevábamos al Santísimo en procesión y cantábamos Pange lingua y Tantum ergo en latín (Pange Linuga Gloriosi, No Greater Love/No Hay Amor Más Grande, Estela García). Y al terminar se distribuía pan a los feligreses para llevar a casa (acostumbrábamos decirle “pan bendito”) para llevar a casa y recordarnos de nuestro deber de dar de comer a los necesitados, pero también para recordarnos del ayuno pascual. Después en Viernes santo, entrábamos todos en silencio mientras los sacerdotes se postraban en el suelo por lo que parecía largos momentos, escuchábamos la pasión de Cristo según san Juan, nos hincábamos y nos poníamos de pie por lo que parecía una multitud de veces seguidas durante la oración universal, adorábamos la cruz y parecía que no terminaría aquello con las filas de los feligreses que estaban afuera durante todo este tiempo. Después de la comunión salíamos en silencio para llegar a casa y contemplar el gran sacrificio del Padre de su propio Hijo.
Llegado el Sábado santo (mi madre le llamaba el sábado de gloria), llevábamos frascos y recipientes vacíos para llenar con el agua bautismal para llevar a casa al terminar la celebración, nos reuníamos afuera en lo oscuro alrededor de una fogata escuchar raras palabras como “alfa” y “omega” que para un chico parecen palabras mágicas y luego se encendía el cirio pascual y todos al entrar al templo encendíamos nuestras propias velas del cirio adornado, mientras el sacerdote entonaba “Cristo luz del mundo” (Procesión de la Luz/Light Procesión, No Greater Love/No Hay Amor Más Grande, Pedro Rubalcava) y entrábamos al templo alumbrado por todas aquellas velas y al llegar el cirio pascual al santuario se colocaba en su sitio mientras el cantor entonaba las bellas y impactantes palabras del Pregón Pascual (Jaime Cortez) que aun para mi en mi adolescencia me llenaban de lágrimas. Escuchábamos la historia de nuestra salvación y cantábamos las mismas palabras del salmista como respuesta a las obras salvadoras de Dios a través de la historia bíblica. Y después de los cuarenta días de no cantar el lema del cristiano, entonábamos todos con gran alegría el Aleluya que se cantaba tres veces antes de escuchar la historia de la resurrección que conocíamos pero se escuchaba como nueva. Bautizábamos a los nuevos miembros de la comunidad y se llenaba el templo del dulce olor de perfume del crisma y compartíamos con ellos el gozo al renovar nuestras propias promesas bautismales y recordábamos el gran don de ser libres del pecado al sentir el agua con que se nos rociaba. Recibíamos la comunión como nunca antes y se nos despedía con aleluyas para llegar a casa tarde pero para festejar un poco con la familia antes de irnos a dormir. Despertábamos todos, aun sintiendo esa alegría de la noche anterior para prepararnos para ir a misa en Domingo de pascua luciendo nuestra camisa nueva y escuchar de nuevo la buena nueva de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado (Secuencia Pascual, Jaime Cortez y Secuencia de la Pascua, Lourdes Montgomery).
Les deseamos una feliz pascua de resurrección. Que las palabras y melodías de estos tres días nos recuerden del gran misterio y don que recordamos y celebramos – que nos forman y nos transforman para vivir y proclamar esa misma buena nueva - que Cristo por su muerte y resurrección nos ha salvado.
- El canto que forma y transforma
- Resucitó el Señor
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- San Pedro (y por supuesto, San Pablo) – modelos para proclamar la buena nueva
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